martes, 25 de agosto de 2015

Cándida

Hola neverlanders!

Antes de leer ésto debéis saber que:

-Es la primera vez que toco este género (no sabría como describirlo).

-En principio tenía 8 páginas y tuve que resumirla para que ocupara 6.

-Es el relato con el que participo en este concurso de Alexa, y os animo a todos a participar: 
http://alexaliana.blogspot.com.es/2015/08/noticiaconcurso-relatos.html

-Espero que lo disfrutéis ;)



Cándida

No recuerdo cuando nací. Tampoco recuerdo como llegué a casa de los Beaulieu. Mi primer recuerdo es y siempre será ella, mi dulce Annette mirándome con ojos rebosantes de júbilo.

-Eres tan bonita… Creo que eres lo más bonito que he visto en mi vida. ¡Y además eres tan parecida a mí! –Me cubría de besos babosos y abrazos efusivos que despeinaban mis perfectos tirabuzones, pero no me importó. Qué digo. Ojalá volviese a estar tan despeinada y arrugada como entonces.

-¿Entonces quieres llamarla “Annette”, cariño? ¿Cómo si fuese una pequeña tú? –Intervino el señor Beaulieu. Se veía que profesaba la misma adoración por su hija que ella profesaba hacia mí.

-¡Oh no, pobrecita! Yo jamás seré tan bonita como ella. ¡Mírala, parece toda una princesa! –Contestó Annette alarmada. Ernest Beaulieu me miró levantando una ceja, evidentemente consternado porque su pequeña no quisiese compararse conmigo. ¡Si me había traído allí precisamente por eso!

-Con que parece una princesa… Sí, puede que sí. ¿Qué te parece llamarla “Princesa” entonces?

A Annette se le escapó una carcajada.

-¿”Princesa”? Ya no tengo cinco años, además ya tengo muchas muñecas cuyo primer nombre es “Princesa”. Papá, ¿qué te parece algo más sofisticado, algo digno de ella? ¿Qué te parece llamarla “Duchesse”?

Ahora fue Ernest quien rió en voz baja.

-¿”Duchesse”? ¿No la llamas “princesa” para llamarla “duquesa”? ¡Qué poca imaginación! ¿Es que tienes cuarenta años? –Era evidente que quería picar a la pequeña Annette, pero ella era demasiado pequeña para entender los tonos y le sacó la lengua ofendida.

-¡Pues sí! ¡Se llamará Duchesse y ahora es mi mejor amiga, es más amiga mía que tú! Vamos, Duchesse, ¡ni lo mires! Te presentaré tu nueva casita.

Mi nueva casita era perfecta. Llegaba casi hasta el techo de la habitación de Annette, tenía la fachada azul celeste con motivos de enredaderas y flores silvestres pintadas en ella. También había infinidad de muñecas de todos los tamaños y formas aunque, no es por echarme flores, ninguna era tan bonita y delicada como yo. En eso mi Annette estaba de acuerdo.

-Oh, Duchesse… Si con esos ojos de cristal pudieses ver… Ojalá pudieses ver, me encargaría de colocarte siempre frente al espejo para que te dieses cuenta de lo preciosa que eres.

Puedo ver, Annette, puedo ver, le gritaban mis pensamientos. Por suerte o por desgracia, las otras muñecas también podían ver. Jamás sabré si lo que pasó fue culpa de ellas, de sus celos. Me gustaría pensar que no fue así. Las muñecas estamos hechas para ser receptores de amor, para acumular el amor que nos dan nuestros dueños y corresponderlo. Cuando Annette se enamoró de mi descuidó en parte su gran colección de muñecas. Nunca llegó a olvidarlas ni abandonarlas del todo, pues el amor de esa dulce niña era infinito. Claro, que eso lo digo desde mi punto de vista. Yo en esa época era feliz, ajena a cualquier preocupación. Me alimentaba del amor de Annette y ella se alimentaba del mío. Cuando ella me cepillaba los tirabuzones frente al espejo deseaba con todo mi corazón que mis manos no fuesen duras y rígidas para poder abrazarla y fundirme con ella para siempre. Cuando yo le cepillaba su rubia melena mientras dormía, ella susurraba mi nombre en sueños. Y así las dos fuimos felices durante lo que me pareció una eternidad, aunque ahora me parece menos que un suspiro.

-¿Sabes, Duchesse? Mañana llegará mi madre de Bruselas. Te llevaré conmigo a la estación de tren.

Imaginé una Annette adulta, con un delicado vestido de encaje morado oscuro, con sus preciosos rizos rubios recogidos por detrás y cayendo en cascada sobre su espalda.

-Mamá es muy bonita. Se parece a mí, pero tiene el pelo más oscuro. Dice que es posible que con el tiempo a mí también se me vuelva castaño. ¡Pero yo quiero ser siempre rubia! ¡Imagínate que bien luciría un vestido de encaje morado! ¿Verdad que quedaría mejor en contraste con un cabello rubio, Duchesse? Además, si dejase de ser rubia ya no me parecería a ti, y eso me rompería el alma.

Sonreí para mí. Le había llegado el pensamiento que había tratado de transmitirle. No siempre funcionaba, pero le estaba cogiendo el truco. Nadie se imaginaría que mi Annette y yo realmente nos comunicábamos. Nunca existirá un lazo tan fuerte como el que tenía con mi niña.

-A veces me imagino que me hablas, Duchesse. ¿Será verdad? Quizá como no tienes voz me hablas con la mente, quizá a veces se me ocurren cosas gracias a ti. Veamos… ¡Acabo de pensar en que mamá traerá toda una maleta de vestidos hechos a mano para todas mis muñecas! ¿Me lo has transmitido tú?

No, no se lo había transmitido. En ese entonces no sabía que la madre de Annette era una de las modistas más aclamadas y bien pagadas de Francia. Pero me hizo gracia que estuviera tan cerca de la verdad. Esa misma noche, cuando le cepillaba el cabello le susurré al oído.

-Te quiero. Te quiero, Annette. No sé de dónde vengo, no sé por qué soy una muñeca y no una persona, no sé quién me fabricó, ni si me pintaron a mano. Sólo sé que fui hecha para amar, para amarte a ti, y nadie te querrá tanto como yo, jamás. Eres mi niña, mi dulce niña rubia de ojos soñadores y nadie nos separará jamás. Te amo y siempre te amaré.

Por un momento me pareció que mi Annette se frotaba los ojos y me miraba, clavaba su mirada en mis ojos de cristal y sonreía. Luego cerró los ojos y su respiración volvió a ser pausada y constante. “Yo también te amo, Duchesse” susurró en sueños. O despierta. Supongo que nunca lo sabré.

Esa mañana la nodriza-institutriz de Annette la despertó temprano pese a ser domingo. “¡Arriba señorita Annette! ¡Usted y el señor deben ir a buscar a la señora Clementine a la estación! Permítame que pase a acicalarla para tal digna ocasión.” Annette pegó un bote de la cama.

-¡Es el día Duchesse, es el día! ¡Hoy conocerás a mamá! ¡Oh, ojalá me haya traído vestiditos hechos a mano para mis muñecas! Estarías tan hermosa en un vestidito todo con volantes… Parecerías un angelito.

Mi Annette sí que era un angelito. Se levantó rápido y con la ayuda de la institutriz se enfundó en un vestido blanco con encajes violetas en el cuello, las mangas y los bajos de la falda. Mientras la institutriz le cepillaba el pelo y se lo llenaba de lacitos violetas, ella hacía lo mismo con mi pelo. Realmente parecíamos la misma persona. Ojalá así fuera.

Mi niña me abrazaba con fuerza contra su pecho y con la otra mano sostenía un paraguas que apenas la protegía de la llovizna pegajosa de París. Notaba su corazón latir con fuerza, notaba su emoción por encontrarse con su mamá. Yo ardía en deseos de conocer como sería una Annette en mayor, mejor dicho… Una Duchesse en mayor.

-¿Sabes Duchesse? Te contaré un secreto… -Susurró Annette dando brincos para seguir el paso de su padre por las transitadas calles parisinas- ¡A mami le encantan las muñecas! Muchas de las que tengo eran suyas cuando tenía mi edad… Por eso sé que le encantarás. Sólo ¡mira la cara que se le pondrá al ver tal preciosidad!

Mi niña no podía derrochar más alegría y eso me hacía sumamente feliz. Los latidos de su corazón frenético contra mi pecho me parecían la música más angelical del paraíso. Entonces paró en seco y las lágrimas empezaron a rodar por sus perfectas mejillas, oh, una muñeca nunca debería ver eso. 

Pero advertí con alivio que eran lágrimas de felicidad.

-¡Mira papá! ¡Es mamá, allí la veo! ¿La ves? ¿La ves, papá? Lleva un vestido verde oscuro y unos señores le están ayudando a cargar su equipaje en el carro. ¡Es ella! ¡Mamá! ¡Mami!

El señor Beaulieu no pudo ocultar una benevolente sonrisa al ver a su querida esposa en la acera de enfrente y al oír los grititos de emoción de la pequeña Annette. Entonces, mi niña se zafó del brazo de su padre que le rodeaba los hombros y arrancó a correr hacia su madre. “¡Mamá! ¡Mami!” gritaba mientras corría hacia la mujer al otro lado de la vía. No podía, o no quería escuchar las llamadas de su padre para que volviera a su lado hasta que los peatones pudiesen pasar. La mujer levantó la mirada hacia nosotras, empapadas de lluvia y corriendo sin control para abrazarla. Una carcajada de pura felicidad iluminó su rostro, antes de que éste se crispara para siempre. Entonces, el señor y la señora Beaulieu gritaron a la vez “¡¡CUIDADO!!” y Annette fue golpeada por un caballo que tiraba de un carruaje, para después ser aplastada por el mismo. El cochero trató de parar, pero no a tiempo. La niña yacía justo bajo el carro. No pude contenerme. Hice lo que una muñeca jamás debe hacer.

-¡¡ANNETTE!! –Grité con todas mis fuerzas sobre su cuerpo inerte- Annette, por favor reacciona. ¡Annette! Por favor, no te mueras, eres todo mi mundo y yo soy el tuyo. ¡Annette, por favor!

No escuchaba el barullo de voces que se arremolinaban alrededor del carro, no vi como trataban de tirar de su brazo inmóvil para sacarla de allí abajo. Sólo veía los hilos de sangre que salían de su nariz y su boca.

-Annette… -Lloraba, sollozaba, gemía- Annette, eres mi ángel, eres mía, yo soy tuya… Annette, no puedes morirte. Annette no te mueras… No…

Sus ojos vacíos parpadearon un instante. ¿No estaba muerta? Me miró. Y yo la miré. Con el brazo que no tenía roto levantó una manita temblorosa que me acarició el pelo. Yo cogí su mano entre las mías de porcelana, para que supiera que estaba con ella, que nunca la dejaría.

-No te vayas, Annette… No me dejes. –Supliqué. Una única lágrima surcó la mejilla ensangrentada de mi niña. Tenía tanto miedo como yo. Coloqué la mano que aún le sostenía junto a mis labios, en un suave y duro beso. ¿Qué más podía hacer para consolarla?

-No me dejes. –Sollocé por última vez. Annette parpadeó y sonrió costosamente.

-No te dejaré, Duchesse. –Susurró. Entonces cerró los ojos.

-¡ANETTE!- Chillé con desesperación.

Antes de que terminara mi grito agónico consiguieron derribar el carro de lado, para encontrarse a la niña fallecida con una muñeca de porcelana sobre su pecho, manchada con su sangre y gritando de dolor. Recobré la compostura en menos de que asimilaran lo que habían visto y me dejé caer sobre su pecho inerte, empapándome aún más con la sangre de mi Annette. Todos parecieron olvidar lo que habían visto por un instante y se lanzaron sobre la pequeña, intentando inútilmente reanimarla.

Pero Clementine, la madre de Annette, supo lo que había visto.

Dos semanas después de la muerte de mi pequeña, la señora Clementine entró en su alcoba para sentarse sobre su cama y respirar los resquicios de aire con olor a Annette que aún quedaban en el cuarto. En algún momento de su plegaria abrió los ojos, y allí nos encontramos, cara a cara. Yo estaba sentada en mi lugar de la casita de muñecas, con el vestido aun manchado de sangre, y ella tenía los ojos casi tan rojos como las manchas de mi vestido. Entonces pareció recordar lo que su mente había omitido. Me gustaría decir que no fue dueña de sus actos, pero las muñecas estamos hechas de sentimientos, y por eso sabía que era puro odio lo que la madre de mi Annette desprendía.

-¡TÚ! –Chilló fuera de sí- ¡Tú, maldita loca, maldita zorra del diablo!

Me agarró y me estrelló contra el suelo sin piedad. Mi cara se partió en dos con un chasquido que me recordó al de los huesos de Annette cuando se quebraron bajo el peso del caballo.

-¿¡Por qué lo hiciste?! ¿Por qué? ¿Por qué, por qué, por qué, por qué? –Con cada sílaba me propinaba una patada que me estrellaba contra la pared. Me hice un ovillo y me protegí con mi cuerpo acolchado, aunque mis manos se agrietaban con cada golpe.

-¡Eres un monstruo! ¡Eres un monstruo del demonio! ¡Has matado a mi hija! ¡Lo he visto! –Volvió a cogerme y me volvió a estampar violentamente contra el suelo, esta vez caí boca arriba y mi cráneo de porcelana también se partió. Vi su cara, roja de ira, de miedo, de rabia… Esa cara que tanto se parecía a Annette, incluso que se podía parecer a mí… Volví a romper las reglas.

-Yo la quería… -Fue lo único que pude decir. La señora Clementine profirió un grito de auténtico terror al oír mi voz y salió corriendo de la habitación. Nunca nadie más volvió a entrar allí.

Mientras, tumbada boca arriba escuchaba las carcajadas de las otras muñecas provenientes de los estantes. Princesse, Blanche, Sirène, Rose, Princesse Brigitte, Tournesol, Princesse Isabelle, Princese Bernardette… Todas me miraban con esas caritas angelicales, esos ojos vidriosos y esos labios tan pulcramente perfilados. Ciertamente parecían ángeles de la muerte, con su aspecto inocente combinado con las carcajadas diabólicas que tronaban dentro de mí. La pesadilla parecía no tener fin, duró horas e incluso días enteros. A veces reían, a veces imitaban la voz de mi Annette como cuando me decía “¡Eres preciosa, Duchesse!”, a veces me imitaban a mi misma con voces ridículas “Yo la quería, yo la quería… ¡Yo la quería bajo tierra, ja ja ja ja!”. ¿Realmente tenía a las demás muñecas provocándome ese infierno o todo estaba en mi cabeza? ¿En qué cabeza? ¿En una cabeza de porcelana partida por delante y por detrás? ¿En una cabeza que es sólo carcasa cubierto de pelo sintético? Pero ah, qué equivocada estaba si creía que el infierno era sólo aquello. Cuando ya había perdido la cuenta de los días que llevaba tumbada en el suelo totalmente desportillada y sometida a las carcajadas y burlas de las rencorosas muñecas… Entonces empezó el fuego. Como estaba en una especie de trance traumático no me di cuenta de que la casa se estaba cayendo a trozos hasta que efectivamente empezó a caerse a trozos. El suelo de madera se rompió y yo me precipité hacia la cocina que había justo debajo. Las voces no cesaban en mi interior “yo la quería, yo la quería, yo la quería sepultar, yo la quería quemar, yo la quería matar”. Hice un esfuerzo arrastrando mis miembros rotos por el suelo de la cocina cuando me encontré tumbada en el suelo, medio asfixiada por el humo y con la carne prácticamente crepitando, a la señora Clementine. Una mueca de sufrimiento surcaba su cara, pero eso no evitaba que cuando nuestras miradas se cruzaron me enseñara una sonrisa enfermiza. Con esfuerzo levantó una mano (igual que mi Annette en sus últimos suspiros)… Inmediatamente la perdoné. La agarré con mis manitas rotas y me la acerqué a los labios… Cuando vi que dentro de su puño cerrado había un mechero de cocina. El que había provocado el incendio que estaba quemando la casa con ella dentro.

-Tú no la querías, monstruo. Nunca más harás daño a nadie. –Dijo con voz asfixiada.

Ésas fueron sus últimas palabras. Exhaló su último aliento contaminado de humo aún sin dejar de sonreír desquiciadamente con el cuello girado hacia mí. Entonces me di cuenta de que mis tirabuzones rubios se estaban prendiendo como una mecha. Yo tampoco aguantaría demasiado y acabaría reducida a cenizas. Me arrastré lo más que pude del cuerpo de la señora Clementine, y sin dejar de oír las carcajadas diabólicas (“yo la quería asfixiada, yo la quería desfigurada, yo la quería muerta…”) me hice un ovillo en un rincón y decidí morir. Mi último pensamiento fue, por supuesto, para Annette. “Ahora estaremos juntas, mi niña…”
  
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Me despierto en los brazos de una joven. No es Annette.

-Ya hemos llegado. Perdona por llevarte en una bolsa, no quería que te mancharas –Está claro que está hablando y que me habla a mí, pero no sé por qué.

No es Annette. No es ni siquiera una niña. Debe tener unos veinte años y su aspecto se aleja mucho de la pureza y la perfección de mi pequeña. Tiene el pelo rubio oscuro y recogido de cualquier modo, su cara no es inmaculada sino que está surcada de pecas (¡qué poco estético!) y viste con colores chillones. ¡Y pantalones! Válgame Dios, ¿realmente después de todo lo que he amado he acabado en el infierno?

-Qué bonita eres, pareces toda una princesa.

¡¿QUÉ?! Ya había oído antes esas palabras… Está bien, Duchesse, ya no hay voces en tu cabeza, sal de este letargo y dile a esta estúpida intento de… lo que sea, que deje de tratar de parecerse a Annette. Clavo mis ojos de cristal en los suyos y descubro que también son azules. Y no sólo eso, a pesar de ser claramente una adulta joven me mira con la misma ilusión con la que antes me miró mi pequeña…

-Lo que debes haber pasado. Es toda una aventura comprar muñecas antiguas en un mercadillo. Deben haber visto tanto, tener tantas historias que contar…

¡Y sigue hablando! ¿Y qué es eso de antigua? ¿Mercadillo? Por el rabillo del ojo veo que tiene bastantes muñecas en la habitación y pienso en todas las palabrotas que me sé. No es momento para ponerme fina. ¿Realmente me merezco pasar por esto otra vez?

-Bueno, creo que aquí, al lado de Nieve estarás bien. –Me pone con cuidado al lado de una muñeca de porcelana pelirroja, con una expresión alegre y pícara en su rostro esculpido. “¿Dónde demonios estoy? ¿Quién es ésta?” Oigo en mi interior una carcajada suave de la tal Nieve. “No te preocupes, nueva. Lily nos cuida bien. Mira a las demás, ¿no te parecen felices?” Venga, a ver con qué clase de locas me toca compartir mi penitencia en el infierno. Me sorprende ver que la mayoría de muñecas son de plástico, no de porcelana. De hecho Nieve y yo somos las únicas. “Además es pobre…” Pienso para mí. “¡Oye tú! ¡La nueva!” Alguna muñeca de plástico con voz de pito me está hablando. Veo que es una especie de imitación de hada, pero excesivamente grande e hinchada. Parece un bebé enfermo sobre dos piernas. “No te pases, ¿o te crees que no te oigo? Deja de hacerte la remilgada y disfruta, ¡estás en casa de Lily!” Está bien, esta chica pobre y descuidada se llama Lily. Y es mi nueva dueña en el infierno de muñecas. Bien, puedo vivir, o lo que sea, con ello. “¿Pero de qué infierno hablas pequeña remilgada? ¡Deja de quejarte y disfruta, que sólo se vive una vez!” Yo no estaría tan segura, intento de hada… “Me llamo Campanilla. Y deja de quejarte, que ahora viene la mejor parte… ¡Vas a saber cómo te llamas tú!” Esto ya es el colmo. Yo ya sé cómo me llamo. Me llamo Duchesse y soy la muñeca de Annette. Debo encontrarla. Debo salir de aquí. “Ni se te ocurra” Me advierte Nieve. “No eres la única que lo ha pasado mal, al ser una muñeca antigua debes haber vivido mil vidas, pero aquí Lily te cuidará bien, ella nos adora a todas. Así que ni se te ocurra hacerle daño. Quieta y calladita, como todas.” Pero es que no sé donde estoy… Lo último que recuerdo es a la señora Clementine… “Estás en Barcelona, y estamos en agosto de 2015. No sé quien fue Annette, y seguro que la querías, pero ahora Lily se ha preocupado por rescatarte de un mercadillo y llevarte con nosotras. Dale una oportunidad.”

¡¿QUÉ?! ¡¿DOS MIL QUINCE?!

-Sí, desde luego que quedas bien al lado de Nieve. Tú quedarías bien en cualquier sitio. Tan rubia, tan blanca, con este vestidito precioso… Pareces un ángel. Tan cándida. Así te llamaré. Te llamarás Cándida.


Cándida. No suena mal. De acuerdo, le daré una oportunidad. 


Cándida en su nueva casa con Campanilla y Nieve.

Cándida delante del ordenador, con el documento que cuenta su historia.


6 comentarios:

  1. Hola Lily!
    Resumiendo: me ha encantado, me ha hecho removerme por dentro y me ha cautivado.
    Se que siempre te digo lo mismo pero creo que este es tu mejor relato, aunque no soy muy objetivo ya que hace tiempo que no me leo los demás. Des del principio supe que se trataba de una muñeca y que pasaría algo malo que haría que la muñeca sufriera, pero no me esperaba eso. Y para nada me esperaba el final, un final tan...real? jaja.
    El relato me ha transmitido mucho, como el amor que pueden compartir dos seres aunque uno no sea humano, como hay que ver más allá de lo que podamos sentir con nuestros sentidos, las desgracias que pueden suceder pero que siempre hay que tener esperanza en que mejoren...
    Me ha gustado mucho, y de nuevo, felicidades ^^

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    1. Hola mi vida!
      Nunca podrás ver a la pobre Candi del mismo modo... muajajajaj (?)
      Me alegro muchísimo de que te gustara, sabes que si busco la aprobación de alguien siempre es la tuya.
      Yo también espero que Cándida sea feliz conmigo, la quiero mucho, además pronto tendrá nuevas compis! (just sayiiiiiiiiiin')
      Gracias de verdad cariño, te quiero!

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  2. ¡Hola querida Lily!
    ¡Wow! ¡Fue tu mejor relato! Encerio! Tu narración, la trama y los personajes (Cándida la ame) ¡increible!. El final es muy lindo, Cándida tiene un hogar :333
    ¡Sigue asi! ¡Eres talentosa!
    ¡Te quiero! :**

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    1. Hola AgusAgusAgus! (?) :D
      Qué bien que te gustara! Yo también amo a Cándida, es imposible no amarla cuando te mira con esos ojitos.
      Aunque me quedó un poco rara la historia, pues iba a explicar por qué Cándida estuvo como "dormida" entre después del incendio hasta que despertó en casa de Lily (bueno en mi casa xD) pero tuve que recortar dos hojas ;__;
      Pero gracias de verdad!
      Besitos, te quiero!

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  3. Hola!
    Me ha gustado muchísimo tu relato, tengo que decir que me encanta las muñecas son super bonitas y dulces al mismo tiempo, por cierto! mi muñeca preferida es Campanilla (adoro las hadas).
    Te mando un abrazo y espero que pases un buen día.
    Un beso!! <3

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    1. Hola!
      Bienvenida a mi blog! No sé si nos habíamos visto antes, si es así lo siento por ir tan despistada por la vida y no reconocerte T_T
      Pero gracias de verdad! Me alegro muchísimo de que te gustara mi relato!
      Campanilla es adorable, a pesar de que a Cándida le parezca una aberración xD Pronto haré una entrada enseñando todas mis muñecas Disney :)
      Abrazo de vuelta, gracias de nuevo!
      Besitos!

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-Lily